No hay que confundir nunca el conocimiento con la sabiduría. El primero nos sirve para ganarnos la vida; la sabiduría nos ayuda a vivir”. Sorcha Carey.

Daisaku Ikeda, filósofo budista, dedicado a la promoción de la paz y la educación, destaca la diferencia entre el conocimiento y la sabiduría, diciendo: “Mi mentor, Josei Toda, decía que el error más grave que había cometido la humanidad en la era moderna, era confundir el conocimiento con la sabiduría. El conocimiento puede ser utilizado para fines benéficos como maléficos. (…) La sabiduría por el contrario, conduce infaliblemente a la felicidad”.

Confusión que no solo ha llevado al desequilibrio per se, sino al desequilibrio, a favor del conocimiento. Reconozcamos que actualmente se destaca el concepto de “Sociedad del Conocimiento”, como el primer paso para iniciar la carrera por la competitividad y el desarrollo de las naciones, ligado a aspectos tecnológicos y sus efectos positivos en el progreso económico, pero también cerca de los avances que hoy permiten hablar de armas nucleares y sus terribles consecuencias. Es allí donde conocimiento y sabiduría no solo no resultan sinónimos, sino que además, es tiempo de iniciar una reconciliación entre ellos.

El dominio de lo cognitivo se relaciona con el conocimiento: conceptos, información, modelos, ciencia y el proceso de aprendizaje. Dándole a esto el valor que tiene, comulgo con Gandhi cuando decía que uno de los peligros de la virtud humana es la “ciencia sin humanidad”. En la actual obsesión por la información, la educación tradicional ha venido fracasando en preparar para la vida, lo que tal vez inició en los siglos XVI y XVII cuando el empuje del racionalismo, ocasionó una ruptura entre la iglesia y los científicos, generando división entre el mundo exterior, la ciencia y el interior, el ser.

En el racionalismo, impulsado por René Descartes, el mundo emocional fue dejado a la deriva y en el afán de medir y explicar todo desde un enfoque puramente lingüístico, las emociones empezaron a considerarse como una influencia negativa, un problema para “aprender”. Pero, ¿cómo aprender sin estar en algún lugar emocional?, ¿cómo hacerlo si además de lingüísticos somos seres emocionales y corporales? o ¿cómo aprender sin reconocer que todo nuestro ser está involucrado en el proceso?

¿Por qué limitar el aprendizaje exclusivamente al hecho de “almacenar” conocimiento?, ¿cómo ser sabios si solo le damos valor al mundo exterior?, ¿vale la pena ser un profesional “brillante” pero un ser humano infeliz?, ¿se puede ser feliz sin darle espacio a nuestro ser completo para que aparezca?, ¿se puede ser sabio si desconocemos nuestra integralidad?, ¿cómo desenvolvernos en medio de la complejidad creciente del mundo actual, sin estar vinculados con nuestro mundo interior?, ¿cómo colaborar y contribuir con los demás si por dentro no estamos unidos? o ¿no ha sido acaso evidente en las organizaciones que los títulos no garantizan el buen liderazgo, relaciones armónicas, vivencia de principios y valores, lograr inspirar a otros con ejemplo?

El sistema educativo entiende el saber, casi que exclusivamente, como el saber-saber y saber-hacer de las cosas. ¿En ese camino de aprendizaje, será posible alcanzar la sabiduría si dejamos de lado lo que en esencia estamos buscando los seres humanos: felicidad, paz, amor, generosidad, entrega, todo aquello que da sentido y propósito? Bastaría ver noticias o leer los titulares de los diarios, para evidenciar muchas de las respuestas a las anteriores preguntas. ¿Cómo acortar la distancia entre el saber exterior y el interior?, ¿cómo alcanzar esa unión interna?, ¿cómo empezar a entender las diferencias entre el conocimiento y la sabiduría para reconciliarlos? o ¿qué pasos debemos dar en ese despertar?

Empecemos por aceptar que el conocimiento que está desprovisto del alma, no podrá nunca transformarse en sabiduría (Julio Olalla). Porque como decía Galileo Galilei: “La mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo” y no hay relación más íntima que la que se da entre el autoconocimiento y el despliegue de nuestro potencial, que no es exclusivo de la capacidad racional o lógica, porque involucra las emociones que experimentamos y cómo las manejamos, además del cuerpo que sostiene nuestras acciones.

Marcel Proust decía: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos territorios, sino en tener nuevos ojos”. El camino hacia la sabiduría inicia con el autodescubrimiento del observador del mundo que somos. Qué hace que hoy vivamos el mundo de determinada manera y cómo movilizando la coherencia (a través del lenguaje, el cuerpo y las emociones) aparecen para nosotros nuevas posibilidades de mayor bienestar, que antes no estaban disponibles, por nuestra forma de ver y relacionarnos con las situaciones presentes.

Esa integración de una nueva forma de saber, desde las emociones, el cuerpo, los sentidos, la intuición o lo espiritual, le da espacio a lo que el neurólogo António Damásio llamó: “El error de Descartes”, postulando que la racionalidad requiere una aportación emocional y que las emociones guían o sesgan el comportamiento y la toma de decisiones. Comenzar a tomar conciencia de nosotros mismos es la llave al crecimiento personal, porque la auto-observación es una poderosa herramienta para generar cambios positivos en las actitudes y formas de responder ante la vida.

Abraham Maslow decía: “El ser humano es simultáneamente aquello que es y lo que anhela ser”. Desplegar nuestra potencialidad implica llegar a ser todo lo que podemos ser, que en esencia ya somos. Es el principio de un camino hacia la sabiduría interior. Empecemos a caminar hacia un nuevo aprendizaje de ver, aceptar e integrar el ser que somos, comprendamos que los verdaderos sabios siempre buscan la sabiduría, jamás creen haberla encontrado ya.

Conferencia dictada en el II Congreso Hispano de Ciencia y Espiritualidad. Miami, 2017